En el siguiente artículo se realiza una aproximación al concepto de “iconofagía”, es decir, a un fenómeno contemporáneo en que las imágenes fagocitan el pensamiento amplio y “pensante” del ser. Es a partir de la comprensión de ésta realidad, propia de la globalización capitalista, que se establecen nexos con los cambios en el ámbito de las relaciones sociales.
El consumo de imágenes y las imágenes que consumen cuerpos y existencias (“el consumo me consume”) son fenómenos que caracterizan a nuestro tiempo: tiempo que a su vez se estanca en un presente sin pasado y sin futuro (“ el ataque del presente sobre el resto del tiempo”).
En la lengua latina, la palabra imago (o imagen) hacía referencia al retrato de un muerto. Por lo tanto, el concepto de “imagen” era concebido como la presencia de una ausencia y en su oposición, la ausencia de una presencia
[1].
Podemos establecer dos categorías de la imagen: imágenes endógenas e imágenes exógenas. Ellas posibilitan la verificación del vector de una imagen y su efecto sobre la comunicación social. Su análisis posibilita un diagnóstico del potencial dialógico de la imagen como fuerza imaginativa, cuando sus vectores dominantes conducen a la interiorización, o como fuerza desvinculadora, disociativa y autoreferente, cuando sus vectores son mera exterioridad. Notables ejemplos de trabajo con imágenes expresivas de la interioridad no faltan en la historia de las imágenes artísticamente producidas por el hombre: la pintura, la fotografía, el teatro, la literatura, el cine, la arquitectura y el urbanismo, la televisión, la publicidad: estas manifestaciones del ser creativo se conocen como imágenes endógenas. Las imágenes exógenas son medios imagéticos que se constituyen, en gran parte, de ecos, repeticiones y reproducciones de otras imágenes, a partir del consumo de imágenes presentes
[2].
La reproductibilidad de imágenes de carácter eminentemente exógeno, especialmente a través de los medios de comunicación de masas, conduce a una creciente pérdida de profundidad, de identidad, de capacidad creativa. Una de las principales consecuencias de este fenómeno es el adormecimiento o la no estimulación de la capacidad creativa como medio de sobresalir, más bien favorece una instintiva necesidad de pertenencia; ser aceptado, ser adepto, ser adaptado
[3].
Baitello Junior observa y caracteriza el futuro cercano como la“era de la iconofagía”, periodo en que las imágenes pasarán a ser superficiales de tal forma que las personas recordarán sólo imágenes de otras imágenes. Un segundo grado de esta realidad, según el doctor en semiótica, será el consumo de imágenes. Consumismo de imágenes en todas sus formas: marcas, modas, tendencias, atributos, adjetivos, figuras, ídolos, símbolos, iconos, logomarcas. De este modo, las conciencias o in-conciencias se sostendrán sobre la base insustancial de la existencia, sobre la repetición a-crítica de modas, sobre el triunfo del ideal del cuerpo (de un cuerpo perfecto) querido y querible. Primaran, en este ambiente, seres alienados por imágenes y enajenados de su existencia, seres cada vez más nihilistas y auto-justificados en un discurso individualista y relativizante: discurso que también será una especie de eco irreflexivo.
El profesor de la Universidad Católica de Sao Paulo concluye: una vez transformados en imágenes los cuerpos, éstos pasaran a ser devorados, consumidos por las imágenes. Ejemplos de ello son la validación imagética de la cirugía plástica, de la superficialidad de las relaciones, de la materialidad e individualismo como valores en sí mismos. Valores (o anti-valores) que harán sucumbir los cuerpos y las relaciones, transformándose las personas en imágenes de imágenes, superficies de superficies
[4].
Debido a la influencia de los medios industriales de comunicación de masas, la imagen se ha constituido en un valor en sí mismo; en una personalidad en sí misma. Esto se refleja en las mal llamadas “tribus urbanas”, especialmente cuando se utiliza el concepto para “etiquetar modas” carentes de un ethos colectivo (Emos, Pokemones, “Visual”, etc.,). En este sentido, “ los jóvenes adoptan una contradictoria estrategia, puesto que se ven atrapados en su juego de identidad, ya que plantean en torno a la ESTÉTICA una construcción de identidad que quiere escapar de la uniformidad de lo masivo, pero termina vistiendo un uniforme, constituyendo masa”
[5]. Masa que es en pocas palabras “ganado humano”, desprovisto de cualquier elemento crítico, reflexivo y, por lo tanto, político. La imagen, en este caso, conlleva la perdida de identidad, puesto que los jóvenes adoptan o se adaptan a una moda que diluye el ser de pensamiento amplio y “pensante” en una persona que “es” mera exterioridad.
El triunfo de la banalidad y de la superficialidad a sido muy bien comprendido por los políticos “profesionales” del “estableshment”, cuyos esfuerzos electorales consisten en instalar atributos personales como principal capital político (simpatía, cercanía) omitiendo lo que políticamente representan: porque a la “masa” no le preocupa lo que representan, la “gente” vota por simpatía, vota por una imagen, reforzada en presencias radiales, televisivas, en medios escritos y en pancartas (para lo cual hay que tener dinero y tribuna).
De esta manera, la globalización capitalista ha utilizado la imagen como una cara sonriente, como una estrategia elaborada para incitar al consumo de un producto determinado (la promesa de la felicidad), como un medio alienante y enajenante que promueve concientemente la banalidad de la existencia y el empequeñecimiento del mundo en las personas: personas cada vez más materialistas e individualistas, cada vez más auto-exiliadas del espacio público político, auto-restringidas de su libertad y auto-condenadas a ser simples espectadores
[6].
Norval Baitello Junior, A Sociedade Das Imagens Em Série E A Cultura Do Eco, Revista Faro, año I, tomo I, Upla, Pág. 97-111, 2005.
Ibidem.
Ibid.
Ibid.
Christian Matus Madrid, Tribus Urbanas: Entre Ritos Y Consumos. El Caso De La Discoteque Blondie, , ULTIMA DÉCADA Nº13, CIDPA VIÑA DEL MAR, SEPTIEMBRE 2000, PP. 97-120.
Carlos F. Pressacco et. al. Totalitarismo, Banalidad Y Despolitización, La Actualidad De Hannah Arendt, Lom, 2006, PP. 32-33.