lunes, 16 de marzo de 2009

EDUCAR PARA LA SABIDURÍA


Confucio, Sócrates y Jesús enseñaron con el ejemplo vivo de sus actos, con el diálogo directo, sencillo y profundo, y con un amor tan destellante que aún fulgura en los corazones.

Ellos eran hombres sabios.

El aprendizaje desprovisto del papeleo engañador y de la pirotecnia educativa son bienes escasos. Se ha instalado ligeramente la idea que educar es entretener por entretener, o que enseñar es transmitir conocimientos específicos sobre un subsector determinado.
El aprendizaje verdadero y significativo, a nuestro entender, es cuando los profesores despiertan y validan en los estudiantes la capacidad de asombro, de curiosidad, de sensibilidad, de respeto, de crítica y auto crítica, en fin, cuando se genera en los educandos el hábito de "pensar su pensamiento" y de aventurarse con entusiasmo en la búsqueda de sus propias respuestas. Un requisito fundamental para ello es enseñar a "aprender a aprender", a "aprender a ser", a "aprender a convivir" y, aunque suene cliché, a saber que nada se sabe.

El problema hoy no es el conocimiento, es la sabiduría. Internet ofrece a un click cascadas de conocimiento; Wikipedia es una enciclopedia abierta, así como muchas otras páginas. La información esta más disponible que nunca, el paso siguiente es aprender a utilizarla, a discriminarla, a procesarla y a intervenir en ella provechosamente.

Nuestra tarea es educar para una sabiduría desprovista de dogmatismos éticos -es preciso racionalizar las creencias para encumbrar su sustancia educativa en vez de adoctrinar en el sin sentido propio de las idolatrías- y fundada en el amor al prójimo como legítimo otro y en el respeto activo a la naturaleza. Una sabiduría que aspire al bien común y a la justicia social, a la bondad anónima y a la participación pública, en fin, una sabiduría que busque el bien del conjunto sin anteponer a todo evento el interés personal.
Tres eran las virtudes cardinales de los griegos: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Una era la máxima de Jesús el Nazareno: "ama a tu prójimo como a ti mismo". El propósito de todo el pensamiento de Confucio era: "Tener por objeto final la paz universal y la armonía general". ¿Cuál es la diferencia sustantiva entre estos tres hombres: su frágil cedazo es la época y la geografía, nada más.
En este mundo cada vez más globalizado debemos educar en la sabiduría. El conocimiento es la pintura, el hierro, la piedra: la sabiduría consiste en extraer desde ahí el arte, un arte que provea a la humanidad y a la naturaleza parte de lo mejor de nosotros.

"No enseñar a un hombre que está dispuesto a aprender es desaprovechar a un hombre".

Confucio.

jueves, 5 de marzo de 2009

BARRERAS DEL LENGUAJE


La primera barrera entre nosotros con las cosas es nuestra forma particular de nombrar. Un niño que todavía no balbucea palabras tiende a tocar las cosas como queriendo asirlas directamente y sin intermediarios; ésta aventura significa quebraduras de adornos que causan desagrados y malestar en algunos padres. No obstante, al pasar un tiempo el niño amplía de tal manera su vocabulario que aprende a aproximarse a las cosas con un lenguaje cada vez más específico, sofisticado y abstracto. Sin embargo, y aún manejando un registro de palabras riquísimo, no podemos pretender que la cosa significada sea la palabra o la metáfora que lo figura. Por ejemplo, decir "cielo" no significa que esa palabra sea "el cielo". Las palabras nos sirven simplemente para comunicarnos, para referir y para suponer que la cosa nombrada es lo que cada cual dice que es.

La segunda barrera es la diversa forma que tenemos de nombrar y significar: cada cultura expresa a través del lenguaje su forma particular y distinta de aproximarse a las cosas, puede incluso que una misma palabra tenga un significado con matices distintos en lugares o sectores socio-económicos que comparten el mismo idioma. Este hecho se debe principalmente a la interacción entre los hechos vividos con las palabras que finalmente los expresan.

La funcionalidad del lenguaje pierde su función comunicativa cuando no es coherente con el contexto. Por ejemplo, un profesor alemán haciendo clases en alemán a estudiantes rusos que no entienden el alemán. Si bien el profesor pude ser un maestro destacado, la disociación lingüística en el habla o en la escritura vacía el significado intrínseco del mensaje tornándolo un simple sonido que pierde toda su intención comunicativa.

Si bien las ciencias nos han explicado los fenómenos con un lenguaje cada vez más universal y científico, a contrapelo se nos presentan interpretaciones diversas y hasta contradictorias que terminan desdibujando la verdad como posibilidad inequívoca.

La interpretación, o forma de entender la realidad, también ha degenerado en patologías socio-culturales. Especialmente cuando se alimentan discursos que niegan a los otros como legítimos otros o cuando las diferencias con el prójimo se tiñen de adjetivos negativos y hasta peligrosos.

Así, por diversas razones, los seres humanos nos vamos diferenciando y disociando en el lenguaje. En primer lugar frente a las cosas y en segundo lugar con los seres humanos.

El lenguaje también nos permite comunicarnos, interactuar y encontrarnos con nosotros mismos y con los otros. Si reconocemos que por natura el lenguaje nos tiende a diferenciar pero que detrás de esa diferenciación somos esencialmente personas, cobrarán sentido las palabras de respeto, tolerancia y aceptación del otro como un legitimo otro. Quizá algo de eso nos sugiere Jorge Teillier en su poema “Despedida”: "y me despido de estos poemas: palabras, palabras... un poco de aire movido por los labios, palabras para ocultar quizás lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar".

viernes, 27 de febrero de 2009

EN TORNO AL CONCEPTO DE IMAGEN: o al "torrente de mundo externo".


En el siguiente artículo se realiza una aproximación al concepto de “iconofagía”, es decir, a un fenómeno contemporáneo en que las imágenes fagocitan el pensamiento amplio y “pensante” del ser. Es a partir de la comprensión de ésta realidad, propia de la globalización capitalista, que se establecen nexos con los cambios en el ámbito de las relaciones sociales.

El consumo de imágenes y las imágenes que consumen cuerpos y existencias (“el consumo me consume”) son fenómenos que caracterizan a nuestro tiempo: tiempo que a su vez se estanca en un presente sin pasado y sin futuro (“ el ataque del presente sobre el resto del tiempo”).

En la lengua latina, la palabra imago (o imagen) hacía referencia al retrato de un muerto. Por lo tanto, el concepto de “imagen” era concebido como la presencia de una ausencia y en su oposición, la ausencia de una presencia[1].

Podemos establecer dos categorías de la imagen: imágenes endógenas e imágenes exógenas. Ellas posibilitan la verificación del vector de una imagen y su efecto sobre la comunicación social. Su análisis posibilita un diagnóstico del potencial dialógico de la imagen como fuerza imaginativa, cuando sus vectores dominantes conducen a la interiorización, o como fuerza desvinculadora, disociativa y autoreferente, cuando sus vectores son mera exterioridad. Notables ejemplos de trabajo con imágenes expresivas de la interioridad no faltan en la historia de las imágenes artísticamente producidas por el hombre: la pintura, la fotografía, el teatro, la literatura, el cine, la arquitectura y el urbanismo, la televisión, la publicidad: estas manifestaciones del ser creativo se conocen como imágenes endógenas. Las imágenes exógenas son medios imagéticos que se constituyen, en gran parte, de ecos, repeticiones y reproducciones de otras imágenes, a partir del consumo de imágenes presentes[2].

La reproductibilidad de imágenes de carácter eminentemente exógeno, especialmente a través de los medios de comunicación de masas, conduce a una creciente pérdida de profundidad, de identidad, de capacidad creativa. Una de las principales consecuencias de este fenómeno es el adormecimiento o la no estimulación de la capacidad creativa como medio de sobresalir, más bien favorece una instintiva necesidad de pertenencia; ser aceptado, ser adepto, ser adaptado[3].

Baitello Junior observa y caracteriza el futuro cercano como la“era de la iconofagía”, periodo en que las imágenes pasarán a ser superficiales de tal forma que las personas recordarán sólo imágenes de otras imágenes. Un segundo grado de esta realidad, según el doctor en semiótica, será el consumo de imágenes. Consumismo de imágenes en todas sus formas: marcas, modas, tendencias, atributos, adjetivos, figuras, ídolos, símbolos, iconos, logomarcas. De este modo, las conciencias o in-conciencias se sostendrán sobre la base insustancial de la existencia, sobre la repetición a-crítica de modas, sobre el triunfo del ideal del cuerpo (de un cuerpo perfecto) querido y querible. Primaran, en este ambiente, seres alienados por imágenes y enajenados de su existencia, seres cada vez más nihilistas y auto-justificados en un discurso individualista y relativizante: discurso que también será una especie de eco irreflexivo.

El profesor de la Universidad Católica de Sao Paulo concluye: una vez transformados en imágenes los cuerpos, éstos pasaran a ser devorados, consumidos por las imágenes. Ejemplos de ello son la validación imagética de la cirugía plástica, de la superficialidad de las relaciones, de la materialidad e individualismo como valores en sí mismos. Valores (o anti-valores) que harán sucumbir los cuerpos y las relaciones, transformándose las personas en imágenes de imágenes, superficies de superficies[4].

Debido a la influencia de los medios industriales de comunicación de masas, la imagen se ha constituido en un valor en sí mismo; en una personalidad en sí misma. Esto se refleja en las mal llamadas “tribus urbanas”, especialmente cuando se utiliza el concepto para “etiquetar modas” carentes de un ethos colectivo (Emos, Pokemones, “Visual”, etc.,). En este sentido, “ los jóvenes adoptan una contradictoria estrategia, puesto que se ven atrapados en su juego de identidad, ya que plantean en torno a la ESTÉTICA una construcción de identidad que quiere escapar de la uniformidad de lo masivo, pero termina vistiendo un uniforme, constituyendo masa”[5]. Masa que es en pocas palabras “ganado humano”, desprovisto de cualquier elemento crítico, reflexivo y, por lo tanto, político. La imagen, en este caso, conlleva la perdida de identidad, puesto que los jóvenes adoptan o se adaptan a una moda que diluye el ser de pensamiento amplio y “pensante” en una persona que “es” mera exterioridad.

El triunfo de la banalidad y de la superficialidad a sido muy bien comprendido por los políticos “profesionales” del “estableshment”, cuyos esfuerzos electorales consisten en instalar atributos personales como principal capital político (simpatía, cercanía) omitiendo lo que políticamente representan: porque a la “masa” no le preocupa lo que representan, la “gente” vota por simpatía, vota por una imagen, reforzada en presencias radiales, televisivas, en medios escritos y en pancartas (para lo cual hay que tener dinero y tribuna).

De esta manera, la globalización capitalista ha utilizado la imagen como una cara sonriente, como una estrategia elaborada para incitar al consumo de un producto determinado (la promesa de la felicidad), como un medio alienante y enajenante que promueve concientemente la banalidad de la existencia y el empequeñecimiento del mundo en las personas: personas cada vez más materialistas e individualistas, cada vez más auto-exiliadas del espacio público político, auto-restringidas de su libertad y auto-condenadas a ser simples espectadores[6].





[1] Norval Baitello Junior, A Sociedade Das Imagens Em Série E A Cultura Do Eco, Revista Faro, año I, tomo I, Upla, Pág. 97-111, 2005.
[2] Ibidem.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] Christian Matus Madrid, Tribus Urbanas: Entre Ritos Y Consumos. El Caso De La Discoteque Blondie, , ULTIMA DÉCADA Nº13, CIDPA VIÑA DEL MAR, SEPTIEMBRE 2000, PP. 97-120.
[6] Carlos F. Pressacco et. al. Totalitarismo, Banalidad Y Despolitización, La Actualidad De Hannah Arendt, Lom, 2006, PP. 32-33.

ORIGINALIDAD Y DIGNIDAD

El 8 de agosto de 1925 Vicente Huidobro publicó en la Revista Acción N° 4 su “Balance Patriótico”[1], texto bastante crítico en que escribe, entre otras cosas, la siguiente frase:

“El huaso macuco disfrazado de médico que al descubrirse la teoría microbiana exclama: a mí no me meten el dedo en la boca; el huaso macuco disfrazado de artista o de político que cree que diciendo: no comprendo, mata a alguien en vez de hacer el mayor elogio”.

Lo dicho por el poeta tenía mucho que ver con su propuesta creacionista, vertiente poética que exige al lector abrirse a las posibilidades infinitas del lenguaje, especialmente a su potencia creadora.

La poesía de Huidobro es objeto de distancias puesto que su estilo poético es considerado complejo y hasta, por algunos, incomprendido. Recuerdo la ocasión en que conversando con un poeta que ya tenía una gran cantidad de publicaciones, premios y hasta un nombre ganado en círculos literarios, mencionó livianamente que “no le gustaba Huidobro”. Le hablé en tono reflexivo del poema “Ella”, de la poética, de la doble luz de los versos, de la necesidad de creerle al poeta y darse a la aventura de recrear el universo al que nos invita. Si bien la obviedad subjetiva de mi acercamiento al creacionismo era absolutamente particular, noté que cuando mi amigo aprehendió al creador de Altazor desde una nueva perspectiva su opinión del autor y de su obra cambió absolutamente. Un tiempo después conversamos, gozosamente, del “antipoeta y mago”.

En muchas ocasiones las personas, casi desde un pedestal olímpico y con la soberbia propia de la ignorancia contumaz, “creen que matan” a un artista cuando no comprenden su obra. Esa ha sido la realidad de muchos creadores que en su tiempo han sido ignorados por cometer la osadía de atreverse a romper con los esquemas, los estilos, o presentar un trabajo tan novedoso que choca con la inercia mental que por antonomasia prefiere lo conocido a lo desconocido, y lo similar a lo distinto.

Durante casi tres milenios, el arte en el antiguo Egipto trato de emular el oficio de sus antepasados tan fielmente como fuera posible, adhiriéndose estrictamente a las normas consagradas que habían aprendido: “Nadie pedía una cosa distinta, nadie le requería (al artista) que fuera original. Por el contrario, probablemente fue considerado mucho mejor artista el que supiera labrar sus estatuas con mayor semejanza a los admirados monumentos del pasado”[2] . En Creta, y con mayor fuerza en la Atenas de Pericles, cada artista quiso plasmar su individualidad en la obra, dando espacio a la creatividad y a la innovación en las diversas artes. Los griegos rechazaron emular rigurosamente a sus antepasados, aunque ello no significara menospreciar ni desvalorar las técnicas antiguas, puesto que se “subieron sobre los hombros” de la tradición para, a partir de ahí, crear algo nuevo, distinto: cada artista tendría desde entonces un estilo que representaría un espíritu particular, una forma, un énfasis y un lenguaje perfectamente identificable. Fue este fenómeno, precisamente, lo que nutrió de fertilidad a una de las culturas germinales de nuestra civilización.

Arthur Schopenhauer, refiriéndose al oficio del escritor, critica con mucha dureza a las personas que no poseen la creatividad suficiente ni la entereza para atreverse a ser originales. Mira con desconfianza, asimismo, a los escritores que no se preocupan por las cosas mismas y que optan por enturbiar sus aguas superficiales para aparentar profundidad, a los que se preocupan más por leer las ideas de otros, de dejarse cómodamente influenciar en vez de invertir el tiempo en pensar, en darse la oportunidad de ser sujetos activos en la creación: “ésta es la única manera de que la lectura forme al escritor, enseñándole el uso que puede hacer de sus propios dones naturales; pero siempre presuponiendo la existencia de los mismos. Sin estos dones, tan sólo asimilaremos con la lectura formas frías y muertas y no seremos más que simples imitadores”[3].

La individualidad, la originalidad y la creación como expresión plena de la existencia, son elementos que están estrechamente ligados a la dignidad del ser: tal vez por ello muchos creadores insistieron en su trabajo, a pesar de no encontrar en vida la fama ni la trascendencia. El poeta chileno Waldo Rojas, amigo del gran cineasta Raúl Ruiz, es objeto de críticas por su lenguaje poético “abstruso” y con oscuridades, no obstante, nosotros apreciamos en su trabajo amaneceres bastante nítidos, luminosidades como flechas apolíneas que despejan la supuesta oscuridad para copar los silencios con el canto pleno y preciso. Nuestro poeta, al igual que Juan Luis Martínez, ha sido relegado injustamente a los pequeños círculos literarios, precisamente por las exigencias a que someten sus obras a los lectores: recordemos lo que hemos dicho más arriba, para muchos lo complejo e incomprensible “es malo”. Pero seamos justos con nuestra apreciación, lamentablemente la cultura se ha ido restringiendo como consecuencia de los pocos estímulos, del desnutrido conocimiento y del laberíntico acceso a ella que tienen precisamente quienes están encargados de “difundir” la cultura, los profesores, los padres. Consideremos, además, el influjo cada vez mayor que ejercen los medios industriales de (in) comunicación de masas. Pero bueno, aquí estamos para construir, así que los invito a leer el siguiente poema que es un ejemplo nacional de originalidad, individualidad y creatividad:


Moscas[4]

Vivíamos la tarde de un domingo abrumador.
Era Verano en el hemisferio que pisábamos, según el orden de los astros.
Enredados en el ocio paseábamos de silla en silla a tropezones.
Era Verano por la tarde y el resto del cuadro lo ponían
las moscas.
Había un Universo disperso por la pieza:
botellas vacías,
hojas de algún diario, un plumero impotente entregado al polvo,
y bostezando hasta quejarse ardía el aire por los cuatro costados.
"No hay peor poema que el que no se escribe", me dije callado
gritándome al oído,
y lo único real, consistente en sí mismo, eran las moscas.
Muchas moscas, torpes moscas cayéndonos encima en arribos
sucesivos y despegues.
Ardía el aire por los cuatro costados y nos sobraba un par de brazos,
estaban de más las piernas y todo el cuerpo era lujo inútil,
artículo suntuario adquirido a la fuerza
en virtud de la artimaña de un hábil vendedor.
Saltimbanquis del aire, trapecistas, migajas de un gran demonio pulverizado,
esas tiernas, sucias moscas, diminutos ídolos del asco universal.
No habíamos sobrevivido a nuestra fábula feroz:
un joven matrimonio derretido sobre el suelo, melaza pura
a merced de un día de Verano, a merced de la estrategia
de las moscas.
Y era domingo como cien veces más fue domingo en los veranos
desde aquel día,
y desde cada día en que el sol encendía el aire
y un zumbido tañía en los vidrios y crecía una inquietud por
todas partes.
Algo que desde afuera penetraba, un cierto líquido agresivo,
un licor cáustico que diluía la carne o la memoria,
algo que le pasaba al tiempo no nos tenía conformes.
¿Quién detiene el cauce de las cosas y los hechos
en este punto, como un puente que se desploma,
mientras pasa el día mutilado arrastrando los miembros
trabajosamente?
No hay peor poema que el que no se escribe, me dije,
entretanto
la poesía rescataba a sus heridos de los dientes para adentro;
de los ojos para afuera lo único real eran las moscas.



[1] http://saladehistoria.com/wp/2008/07/18/vicente-huidobro-balance-patriotico/
[2] E.H.Gombrich, LA HISTORIA DEL ARTE, Editorial Phaidon, decimosexta edición, 1997, página 67.
[3] Arthur Schopenhauer, PENSAMIENTO, PALABRAS Y MÚSICA, Editorial Edaf, Santiago, 2005, página 53.
[4] Waldo Rojas, POESÍA CONTINUA (ANTOLOGÍA 1965-1995), Colección Humanidades, Santiago, 1995, páginas 18-19.