Confucio, Sócrates y Jesús enseñaron con el ejemplo vivo de sus actos, con el diálogo directo, sencillo y profundo, y con un amor tan destellante que aún fulgura en los corazones.
Ellos eran hombres sabios.
El aprendizaje desprovisto del papeleo engañador y de la pirotecnia educativa son bienes escasos. Se ha instalado ligeramente la idea que educar es entretener por entretener, o que enseñar es transmitir conocimientos específicos sobre un subsector determinado.
El aprendizaje verdadero y significativo, a nuestro entender, es cuando los profesores despiertan y validan en los estudiantes la capacidad de asombro, de curiosidad, de sensibilidad, de respeto, de crítica y auto crítica, en fin, cuando se genera en los educandos el hábito de "pensar su pensamiento" y de aventurarse con entusiasmo en la búsqueda de sus propias respuestas. Un requisito fundamental para ello es enseñar a "aprender a aprender", a "aprender a ser", a "aprender a convivir" y, aunque suene cliché, a saber que nada se sabe.
El problema hoy no es el conocimiento, es la sabiduría. Internet ofrece a un click cascadas de conocimiento; Wikipedia es una enciclopedia abierta, así como muchas otras páginas. La información esta más disponible que nunca, el paso siguiente es aprender a utilizarla, a discriminarla, a procesarla y a intervenir en ella provechosamente.
Nuestra tarea es educar para una sabiduría desprovista de dogmatismos éticos -es preciso racionalizar las creencias para encumbrar su sustancia educativa en vez de adoctrinar en el sin sentido propio de las idolatrías- y fundada en el amor al prójimo como legítimo otro y en el respeto activo a la naturaleza. Una sabiduría que aspire al bien común y a la justicia social, a la bondad anónima y a la participación pública, en fin, una sabiduría que busque el bien del conjunto sin anteponer a todo evento el interés personal.
Tres eran las virtudes cardinales de los griegos: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Una era la máxima de Jesús el Nazareno: "ama a tu prójimo como a ti mismo". El propósito de todo el pensamiento de Confucio era: "Tener por objeto final la paz universal y la armonía general". ¿Cuál es la diferencia sustantiva entre estos tres hombres: su frágil cedazo es la época y la geografía, nada más.
En este mundo cada vez más globalizado debemos educar en la sabiduría. El conocimiento es la pintura, el hierro, la piedra: la sabiduría consiste en extraer desde ahí el arte, un arte que provea a la humanidad y a la naturaleza parte de lo mejor de nosotros.
"No enseñar a un hombre que está dispuesto a aprender es desaprovechar a un hombre".
Confucio.